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Camilo Torres, el sacerdote guerrillero colombiano caído en combate hace 41 años, irrumpe como un vendaval que rompe la quietud de plomo de la dictadura civil impuesta al país por la clase dominante a finales de los años cincuenta (el Frente Nacional). Una pax romana instalada para reemplazar los duros años de la anterior guerra civil, otra más en la cadena de interminables guerras, matanzas y dictaduras con las cuales y desde el mismo nacimiento de la nacionalidad las diversas fracciones de la oligarquía criolla se han disputado a sangre y fuego el poder político y sus beneficios, utilizando al pueblo como carne de cañón.
Camilo Torres es fruto de esa historia de violencia y sangre. Lo único
que “cayó del cielo” fue la parte cristiana de su mensaje pues por lo
demás su programa de moderadas reformas recogía prácticamente todas las
reivindicaciones de las clases laboriosas del país, es decir, la
revolución social y económica siempre pendiente, siempre frustrada y
abortada por una clase dominante experta en el manejo tramposo del
sistema de representación y a la cual nunca le ha temblado el pulso a
la hora de imponerse por medios sangrientos, aún violando su propia
legalidad.
Ingresar en la guerrilla no fue fruto de inmadurez o romanticismo. En
realidad no resulta difícil comprender sus motivos para alzarse en
armas contra un sistema cerrado, hostil y de gatillo fácil. Más aún
sabiendo que al menos en una ocasión se intentó asesinarle (un errado
disparo de fusil) cuando ya se había convertido en el personaje central
de un amplio movimiento de protesta popular que conmovía el andamiaje
de privilegios, pobreza y dependencia del país. Camilo no quiso correr
la suerte de otros líderes populares asesinados por la oligarquía en la
mejor tradición de cegar oportunamente la vida de personajes molestos,
sin excluir siquiera a los “díscolos” progresistas de sus propias filas.
La decisión personal de Camilo Torres estaba rodeada de incertidumbres
y sometida a muchas consideraciones prácticas sobre su pertinencia u
oportunidad. Además, eran evidentes los riesgos inmensos para su vida
combatiendo en las filas de la entonces pequeña guerrilla del ELN. Pero
para este sacerdote-guerrillero no existía duda alguna acerca de la
legitimidad del movimiento de campesinos insurrectos al cual su
vinculaba. Estaba plenamente convencido de la justicia de su causa
tanto como de la imposibilidad de conseguir el cambio social sin
derrotar antes el entramado de poder y violencia de la oligarquía. El
enorme déficit de legitimidad del que adolece el sistema en Colombia y
su evidente incapacidad para resolver los agudos problemas de
desigualdad, pobreza y dependencia daban a este destacado investigador
y profesor universitario razones de sobra para proponerse la vía de los
hechos en lugar de intentar el camino de las urnas.
Cuatro décadas después Colombia es el único país del continente en el
cual existe aún un movimiento armado insurreccional de importancia (si
se exceptúa la guerrilla mexicana, que obedece a otro contexto). Aún
combaten en las mismas selvas el ELN de Camilo Torres que junto con las
FARC (la principal guerrilla del país) han manifestado de forma
reiterada su disposición al abandono de las armas si se otorgan
garantías mínimas a los combatientes y sobre todo si se introducen
algunas de las reformas sociales, políticas y económicas que recogen en
sus programas de lucha. A pesar de su clara inspiración izquierdista y
sin renunciar al socialismo estos movimientos armados apuestan por la
instauración de una democracia amplia, perfectamente compatible con un
estado democrático burgués. La misma democracia del Programa Mínimo del
Frente Unido, el movimiento político de Camilo Torres. Desde esta
perspectiva el mayor reto de la sociedad colombiana sería precisamente
demostrar su capacidad de integrar a los insurgentes garantizando su
seguridad y ofreciendo las vías pacíficas que les permitan alcanzar los
objetivos que les dieron origen.
Colombia ya no es la misma de aquel entonces, de eso no cabe duda. Sin
embargo resulta sorprendente la vitalidad y pertinencia del Programa
Mínimo cuatro décadas después. En efecto, el crecimiento de la economía
colombiana no se traduce en desarrollo y en muchos aspectos claves la
actual sociedad es mucho más desigual e injusta que la de entonces.
Basta -considerar por ejemplo la cuestión agraria (clave para entender
el movimiento guerrillero) para cerciorarse de la validez de aquel
programa de reformas. La concentración de la tierra es hoy mucho mayor
que entonces, lo mismo que la pobreza del campo y la crisis general de
la agricultura nacional. Inclusive un fenómeno tan dramático como los
desplazamientos violentos de la población rural es hoy más agudo que en
los años sesenta cuando Camilo se une a la guerrilla. Se habla ahora de
más de cuatro millones de campesinos desplazados a las grandes ciudades
y de millones de hectáreas que han pasado violentamente de manos del
pequeño agricultor, de las comunidades indígenas y afrocolombianas a
las de terratenientes tradicionales y modernos (multinacionales
incluidas). No resulta sorprendente que en este escenario se mantenga
la violencia y que sectores importantes del campesinado vean con
simpatía a los guerrilleros y de apoyen (de lo contrario sería
inexplicable su permanencia y crecimiento).
En Latinoamérica los sacerdotes han jugado un papel destacado en los
conflictos sociales. Aunque la iglesia oficial ha sido un instrumento
de alienación y ha compartido el poder con la clase dominante siempre
ha habido personalidades como Camilo Torres quienes no han tenido
inconveniente en romper con las jerarquías eclesiásticas y tomar en
serio el mensaje de los evangelios. Condenados como agitadores, locos o
iluminados se conservan en el recuerdo popular y alimentan la
participación activa de las gentes sencillas que en este continente
practican una sincera y elemental religiosidad, probablemente más
cercana al lenguaje de Jesús que la prédica acomodaticia de quienes les
instan a sufrir en esta vida, soportar la pobreza y el desamparo como
sacrificio que abre las puertas del cielo.
Camilo era un cristiano auténtico que no tenía inconveniente en unir su
suerte a la de los más pobres ni trabajar hombro a hombro con ateos y
agnósticos. Se negaba a debates inútiles sobre la inmortalidad del alma
mientras encontraba evidente que el hambre y la opresión si eran
mortales. En ese empeño le encontró la muerte en las selvas colombianas
en un desigual combate con las tropas del gobierno. El humilde
campesino en uniforme que le dio muerte seguramente ignoraba que
matándolo quitaba la vida a quien buscaba precisamente devolverle la
dignidad de ser humano. |